Si el silencio habla más fuerte que las palabras, eso siento.

Según un viejo refrán Zen, los seres humanos son responsables de “mirar el cielo hacia lo azul”. Esta afirmación habla mucho sobre el poder de la atención. Lo que vive en la conciencia está determinado por una calidad activa de atención, o atención plena. La belleza, en este sentido, se cultiva no sólo es consumida.

Creo que los seres humanos también son responsables de “escuchar el mundo en totalidad”. Ayudamos a los individuos no tanto a vivir por lo que decimos sino por cómo los escuchamos. Escuchar profundamente puede ayudarte a comprender mucho más, fomenta la conexión, y repara la separatividad. Extendemos un respeto a otro profundamente cuando escuchamos el corazón y el alma de esa persona. También renovamos nuestra conexión con el mundo natural a través de un oído reverente o curioso. La escucha atenta, ya sea centrada en fuentes verbales o no verbales, influye en el jardín de nuestra conciencia y determina qué florecerá.

A pesar de las numerosas ocasiones en que hemos sido animados por mensajes inspiradores o profundizado a través de percepciones instintivas, muchos de nosotros estrictamente evitamos lo inaudible. El reino sin voz o silencioso toma un asiento trasero al ego charlatán que va al volante. La ausencia de silencio es especialmente evidente en nuestros intercambios interpersonales donde, independientemente de la afirmación común de que todos queremos cercanía en nuestras relaciones humanas, nos resistimos obstinadamente a una calidad de intimidad que sólo se produce a través de la tranquilidad.

Una charla sin parar, especialmente cuando se trata de un balbuceo excesivo o de un pensamiento repetitivo, mantiene nuestros corazones firmemente en alerta y nos impide dejar que la gente se acerque demasiado. En lugar de acomodar el silencio y aventurarse en un territorio desconocido, a menudo nos conformamos con un bla bla no amenazante. Se necesita un poco de riesgo y una ruptura deliberada de lo habitual para no entrar  con una corriente monótona conversación habitual o familiar. Sin embargo, al sentarnos deliberadamente con el silencio, creamos espacio para las sorpresas de una sabiduría transpersonal, un entendimiento que va más allá de nuestro pequeño reservorio de percepción.

Cuando conozco a un paciente por primera vez, por lo general solicito que nuestra sesión incluya al menos unos momentos de silencio. Podría ser antes de hacer ningun sonido, antes de promulgar un ritual, o simplemente al final de una improvisación. Puesto que esta costumbre se observa raramente entre la gente moderna hay generalmente una incomodidad inicial. El silencio, aunque se considera de oro, rara vez se atesora en los intercambios de conversación. De hecho, una pausa prolongada se concibe como una pausa en la acción. El silencio, en consecuencia, tiende a estar reservado para una amistad experimentada, en una etapa en que la gente se siente a gusto con lo que no se dice, o como una señal de que no existe amistad.

Hay maravillosos regalos en el silencio, como predecesor del habla. Mantener el espacio en silencio acelerará la calidad de lo que decimos y consolida la cantidad de lo que decimos. Cuando un orador está girando sus ruedas, hablando pero no va a ninguna parte, es generalmente síntoma del hecho de que él no se siente entendido por un oyente. El orador espera que, al poner otra porción de palabras, un punto importante finalmente caerá en terreno receptivo. Haríamos bien en recordar, como los amantes demuestran con sus miradas silenciosas seguidas por palabras tiernas, una pausa bien cronometrada puede tener un efecto notable en la profundidad de lo que se dice, así como la cantidad de palabras utilizadas para comunicarse.

Otra razón para celebrar un momento silencioso antes de hablar es asegurarnos de que realmente estamos presentes como comunicadores. A veces nuestros intercambios siguen siendo superficiales porque grandes porciones de nuestra atención están fuera rumiando sobre incidentes pasados, especulando sobre eventos futuros, o vagando perezosamente en una zona nebulosa. El silencio nos puede sacar de nuestro estado de distracción con el fin de fundamentarnos en el momento y arraigarnos en el cuerpo.

Finalmente, como lo han comprobado los monjes y los místicos, el acto de ser silencioso es una forma de ser humilde, una inclinación de la cabeza ante una inteligencia mayor que la nuestra. Una dimensión transpersonal de la sabiduría nos espera a todos y podemos “descargar” este contenido espiritualmente rico en cualquier momento, tanto para nuestro entendimiento personal como para un mayor servicio. La única pega es que la arrogancia tiene que irse. Si mantenemos una actitud de que lo sabemos todo en nuestra cabeza, la capacidad de inspiración se bloquea. No hay lugar en la posada para lo milagroso.

La sabiduría viene graciosamente descendiendo a nuestro ser como en las alas de un ángel. Para escuchar esos matices, debemos estar quietos, atentos y, sobre todo, tranquilos. Y claro eso no ocurre para algunos tan a menudo.
Os animo a probar y escribirme con comentarios.

Rosa Puerto

Psicoterapeuta, terapeuta de sonido, Formadora de sonoterapeutas

Autora del libro “Terapia del Sonido” (mundodelasterapias 2010)