Los valores del Alma

El ego, la mente y la inteligencia constituyen el cuerpo sutil que alberga el alma.

El alma nos proporciona el libre albedrío y la intuición para evolucionar y llevar a cabo nuestra misión en esta vida y, es a través de este cuerpo sutil, de nuestra personalidad y comportamiento cómo podemos realizarlo.

Por ello, no se puede hablar de “abandonar el ego”, ni “domesticarlo” o considerarlo como algo “malo”. El trabajo consiste en adecuarlo para que se acerque cada vez más al alma, de tal modo que sea “el ego alma” y no “el ego material” quien dirija las riendas de nuestra vida, para vivirla desde los valores del alma.

Cómo vivir desde “el ego alma”

Estos pequeños hábitos en nuestra vida cotidiana nos sirven de gran ayuda para recuperar los valores del alma.

Dejar de querer tener razón y de querer imponer el propio punto de vista, esto implica fomentar la flexibilidad frente al cambio. Querer tener siempre la razón es una conducta inherente a nosotros cuando nos sentimos poco seguros. Ya sea para sentirnos seguros o por tener el control de la situación, el querer sentirnos siempre dueño de  la verdad o la opinión acertada no es más que un intenso miedo enraizado dentro de nosotros. Y en el alma no hay miedo.

La tolerancia, no sólo con los demás, también con uno mismo. La tolerancia es un valor moral que implica el respeto íntegro hacia el otro, hacia sus ideas, prácticas o creencias, independientemente de que choquen o sean diferentes de las nuestras. El espíritu de tolerancia es el arte de ser feliz uno sólo y en compañía de otros.

Ausencia de crítica destructiva, es decir, dar nuestra opinión siempre con la intención de cooperar y ampliar posibilidades a los otros. Tienes el poder de cambiar la crítica destructiva en argumentos positivos para el cambio.

La inocuidad y la palabra correcta. La inocuidad es la incapacidad que algo o alguien presentan para infligir un daño, es decir, cuando de algo o alguien se dice que es inocuo será porque existe una probada razón que demostró que tal o cual no hacen daño. Si escuchas tu corazón y tu vientre antes de hablar, tus palabras serán inocuas y correctas.

La integridad, la autenticidad y la sinceridad, en tus pensamientos, palabras y acción. La integridad, es un valor y una cualidad de quien tiene entereza moral, rectitud y honradez en la conducta y en el comportamiento. Ser auténtico y sincero es ser fiel a uno mismo y vivir de acuerdo a lo que uno piensa y siente. Tus actos deben ser coherentes con tus sentimientos e ideas. La carencia de estos tres valores causa conflictos políticos, sociales, familiares o de pareja. Y sobre todo, nos crea conflictos con nosotros mismos.  Puedes ser esa persona íntegra, autentica y sincera en la que se puede confiar.

La buena voluntad, eso que normalmente damos por supuesto. Todo acto voluntario es conciente y de libre elección, pero puede esconder un deseo o la determinación de hacer daño, o no ayudar, a sí mismo y/o a terceros, y entonces no se tratará de una buena voluntad, sino mala.Cuando la intención de tus acciones está orientada al bien se manifiesta tu buena voluntad.

La humildad, no la falsa humildad sino la que acompaña a la impersonalidad.Podría decirse que la humildad es la ausencia de soberbia. Eres humilde cuando conoces tus propias limitaciones y debilidades y actúas de acuerdo a ese conocimiento.

Saber elegir lo esencial, aquello en lo que decidamos gastar concretamente nuestra energía. Descubre qué es lo realmente importante para ti y utiliza tu fuerza en conseguirlo.

El dominio del tiempo, si uno quiere tener tiempo de vivir y de estar satisfecho al final del día, lo que necesita no es más tiempo, sino menos deseos de la personalidad. Gestiona bien tú tiempo, distingue entre lo urgente, lo importante y lo prescindible. Delega en otros aquello que creas conveniente.

La sencillez. La sencillez combina la dulzura y la sabiduría. Quienes la tienen se caracterizan, entre otras muchas cosas, porque son humildes, porque no hacen ostentación de lo que poseen o de lo que saben, porque no se dedican a dar lecciones a los demás sobre qué deben hacer o cómo deben realizar algo, porque no hablan siempre de sus logros o de sus aciertos. Vive con sencillez y piensa de forma elevada.

La alegría y el agradecimiento, la alegría por vivir y el agradecimiento a la vida. El agradecimiento es una actitud de reconocimiento por algo que se ha recibido, un beneficio, un gesto o un favor. La gratitud es una emoción positiva que expresa aprecio a otra persona de quien se recibió ayuda. Agradecimiento no implica devolver el favor con otro similar, sino recordar el acto de generosidad  de la otra persona.

Aprecia en cada instante lo que otros hacen por ti, y comparte tus alegrías.

El desprendimiento, es fácil dar lo que no queremos o no necesitamos, no lo es tanto dar lo que el otro necesita. El valor del desprendimiento nos enseña a poner el corazón en las personas, y no en las cosas materiales. La importancia que le das a las cosas, el uso que haces de ellas y la intención que tienes para ponerlas al servicio de los demás  pone de manifiesto cuán desprendido eres.

El buen humor. El buen humor es como el suelo que permite que las otras cualidades positivas puedan florecer, porque sólo cuando estamos bien tenemos cosas buenas para dar a los demás. Si estás de buen humor tu vida será más agradable. Y al fin y al cabo, esto es lo que cuenta, ¿no? Todos queremos vivir una vida agradable.

La capacidad de utilizar los momentos de crisis, de toda crisis se aprende algo. Lo importante en la vida no es lo que te ocurre, sino lo que tú haces con lo que te ocurre. Es decir, lo importante es la actitud que tomas ante las nuevas circunstancias, y cómo reaccionas ante ellas.

Salir de la inercia. La inercia se genera por hábitos ya establecidos e inamovibles que llamamos nuestra “realidad cotidiana”. Estos hábitos nos llevan a implantar en nuestra mente programas personales con los que vivimos, sentimos y tomamos decisiones. Esto hace que nos sintamos seguros, que parezca que controlamos los acontecimientos. Es cierto que necesitas armonía en tu vida y un cierto ritmo en tus actividades diarias, pero hay que moverse la vida es como un río.

 El ejercicio de la voluntad, imprescindible para todo lo anterior. La voluntad es como cualquier músculo y hay que trabajarla para fortalecerla, pues si trabajamos la voluntad, cada vez ésta se hará más fuerte, permitiéndonos con ello alcanzar nuevos y mejores logros. Tú puedes.

Todos estos pequeños hábitos son sencillos en sí, aunque difícil de cumplirlos cada momento de cada día pero se puede hacer. La receta:

“Date cuenta cuando dejas de hacerlo” 

Rosa Puerto