Si hay una sanadora, hay una mujer que fue a su propio encuentro. A mirarse frente a frente. A aceptarse en luz y sombra. A meterse en el fango del miedo y de todos sus secuaces.

Si hay una sanadora, hubo una gran herida. Y tal vez, muchas otras replicando una y otra vez.

Si hay una sanadora, hubo oscuridad. Hubo dolor. Hubo búsqueda. Hubo integración y apertura a ser sostenida.

Si hay una sanadora, hubo demolición de estructuras y reconstrucción de nuevas. Hubo miedo, hubo coraje, hubo esperanza.

Si hay una sanadora, hay una alma antigua que recuerda. Que sabe de servicio, de entrega, de equilibrio. Sabe de preguntas que viajen a las profundidades y que generen responsabilidades.

La sanadora sabe que todo ya está aquí. Y que sólo habrá que hacer lugar. Para ver, para sentir, para ordenar. Sabe cuando ponerse al servicio de otras almas que transiten, lo que ya ha transitado.

Sabe recibir el espejo de quien acude a ella y ser espejo a su vez de las infinitas posibilidades de quien aún no puede ver con claridad por el dolor. Sabe mirarse con amor. Ser compasiva con el dolor y transformarlo para su evolución.

Principalmente una sanadora sabe que siempre está sanando. Pues sabe que sanar no es más ni menos que conocerse, para poder elegir y crear la vida que merece.

Que así sea 

(Sanadora es sólo una palabra, cada quien puede darle su significado. Se refiere en éste caso a el mito de Quirón, el sanador herido. Y también a que todo Ser es un/a sanador/a, desde el momento que decide sanarse a sí mism@)